Es raro estar escribiendo algo que jamás esperabas hacer. ¿Sabéis ese momento en el que un nadador, que nadie pensaba que tendría posibilidad alguna de conseguir un metal, se ve radiante con su medalla de oro colgada al cuello? Más o menos así me sentí yo el 23 de julio, 10 años después de pisar la playa de Zarautz por primera vez.

Jamás se me olvidará aquella travesía, la primera. Estaba aterrada, llorando en la rampa del puerto. Era pequeña, pero había un renacuajo un año menor que también parecía estar asustado. Nos juntamos las dos y empezamos a hablar. ¡Al menos ya no estaba sola! De lo que no me acuerdo es de las sensaciones al nadar. Conociéndome nadaría sin pensar mucho, con ganas de pisar ya la arena y poco más. Pero ese día algo hizo click en mí. Llegamos entre aplausos, en un ambiente especial. Había disfrutado. Desde aquel día no me he perdido ninguna edición.

Cada año esta fecha la espero con ansia y a la vez muchos nervios. Los que llevan disputándola más tiempo que yo lo saben bien; es una de las salidas más duras que hay. ¿Ahora menos que antes…? No lo sé, no soy la más apropiada para decirlo. Antiguamente un único grupo salía desde el puerto de Getaria. Ahora con los grupos más reducidos es diferente, pero la primera fila sigue siendo una ensalada de codazos y patadas. Y por eso mismo la tensión se nota en los minutos previos al pitido inicial. Claramente, yo siempre he salido delante. No me da miedo disputar la salida.

Este año hasta yo me quedé alucinada por cómo me salió la prueba. La salida, el nado, la sensación de poder y querer más… Me sentía bien, pero no pensaba que cuando llegase me sacasen la cinta de ganadora. En ese momento fue cuando me creí de verdad que era la ganadora de la Getaria-Zarautz. Subí las escaleras entre los “Zorionak neska” y “Aupa txapelduna” de la gente de alrededor. Al de pocos minutos ya me puse a llorar. No me podía creer lo que estaba viviendo.

Os puede parecer exagerado que escriba esto. “Es una travesía más” pensaréis. No para mí. Zarautz siempre ha sido especial. La travesía no la gané yo, la ganó la niña de 10 años de bañador morado, esa niña que creció viendo cada edición, soñando con ganarla alguna vez, pero sin muchas posibilidades de hacerlo.

 

Esa niña cumplió su sueño y no puedo estar más orgullosa de ella.

 

 

Itxaso Alonso

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