Mi abuela era muy religiosa y de pequeña siempre rezaba con ella por las noches. “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿qué será de mí? Ángel de la guarda, pide a Dios por mí”. Y efectivamente, puedo decir que tengo un ángel que me sigue, me cuida y me ayuda, y ese es mi padre.

Siempre le veréis cronómetro en mano, las listas de la competición grapadas y con un boli que todo lo apunta. Desde que empezamos seriamente con la natación, pocas son las competiciones que se ha perdido. Y no sólo está presente en la piscina. Recuerdo que cuando entrenábamos en Santurtzi siempre nos vigilaba desde la cristalera. Brazos cruzados apoyados en el cristal y la frente pegada a él. Era de vital importancia saber si estaba mirando el entreno, cabía la posibilidad de realizar un buen entrenamiento y sí lo veía teníamos un KitKat de recompensa. Era la pequeña motivación después de cada entrenamiento, mirar si en el bolsillo de la camisa había un paquetito rojo.

Recuerdo muy bien mi primera travesía en Ondarroa. Íbamos a ver a mi primo nadar y justo en la arena, poco antes de comenzar, nos enteramos que había una competición de una distancia corta que mi hermano y yo podíamos hacer. Decidimos que sí, que nos íbamos a tirar al agua. Entonces mi padre cogió las llaves del coche y salió corriendo a por mis gafas de natación. El coche no estaba cerca precisamente, pero llegó a tiempo. Me calcé las gafas rosas de peces marca Arena, un bañador muy mono del mismo color y a la línea de salida, a penas unos pocos minutos antes del pitido inicial. Y desde entonces lleva siguiéndome tanto en la piscina como en el mar.

Cuando empecé a nadar las travesías en la categoría infantil, él me acompañaba a la salida, me daba vaselina, me colocaba el gorro y después de decirme alguna frase como “Con el cuchillo en los dientes”, salía corriendo para poder verme llegar. Ahora es más sofisticado que todo eso. Coge su kayak y nos sigue todo el recorrido a pie de campo. Seguramente mi padre se conoce mejor el recorrido de las travesías que hemos hecho que nosotros mismos.

Tengo muchas anécdotas que puedo contar, pero estas son las primeras que me vienen a la mente o que más recuerdo:

Hace no muchos años nadé por primera vez la travesía de Castro Urdiales, Cantabria. Nunca antes la había hecho y no tenía ni idea de cómo era el recorrido ni la dificultad de éste. Para ponerle más emoción al encuentro, no había ninguna boya de referencia ni embarcaciones de apoyo en el agua. Éramos yo y el agua. Empezó la competición y al de pocos metros de salir me puse muy nerviosa. Veía cosas blanquecinas flotando debajo de mí cada poco tiempo. Seguramente eran plásticos y bolsas, pero con el horrible miedo que las tengo, mi mente solo veía medusas. Son mi pesadilla. Se me acelera el pulso cada vez que veo una. Me quedé sola, no veía a nadie cerca y empecé a llorar y a preguntarme por qué estaba yo nadando esa asquerosa travesía. Hasta que al respirar en una brazada, coincidió con una ola y vi a lo alto una figura naranja fosforito. Tardé dos segundos en parar de llorar, ya me sentía segura. Era mi padre que había tardado en encontrarme. Ya estaba cerca. Me gritó que iba primera y que la segunda estaba bastante detrás. “Sigue que esto está ganado”. Él no sabía que yo estaba maldiciendo esa dichosa travesía. Me dijo que estaba cerca de la meta, pero a mí se me hizo eterno, no sé si porque realmente eran más metros de los que creía o que al saber que iba primera aceleré tanto que ya iba fatigada. Y llegué. Entonces recordé algo que me dijo a principio de ese verano: “Si haces podium en una travesía tendrás el conejo que quieres”. Sí, estuve muy pesada por querer tener un conejo, y ese día me lo gané (menuda desgracia, el animal me odiaba y yo solo limpiaba su jaula…).

Otra vez, cuando todavía era infantil, fuimos solo mi padre y yo a la travesía del Paseo Nuevo en Donostia. Es el peor 15 de agosto que recuerdo. Había aviso de galerna. La travesía absoluta, que salía de la playa de Zurriola, ya había empezado y desde las lanchas mandaban mensajes a los organizadores que estaban en el puerto. “Dad la salida ya porque la galerna viene con los nadadores. En nada la tenéis encima. Daros prisa”. Mensajes muy tranquilizadores antes de nadar, claro que sí. Y no para nosotros, sino para los pobres padres sufriendo por sus hijos. El mío le quitó importancia. Repasamos las boyas y me dejó en la salida para echar a correr. ¡Si llega a estar mi madre ese día no nado! Viento, olas dentro de la playa y ese agüilla que parece lluvia provocado por las olas chocando contra el fuerte viento. Me perdí, no veía las boyas, y no sé qué instinto despertó en mí pero ME PUSE A REZAR UN PADRE NUESTRO. Conseguí llegar y mis palabras fueron las siguientes: “No vuelvo a nadar en el mar nunca más!”. A la semana siguiente estaba con el gorro y las gafas en esa misma playa.

No me hace falta ser religiosa, ni rezar padres nuestros, sé que siempre tengo a mi ángel de la guarda esperándome, ya sea en la arena, en el pontón de llegada o desde el kayak.

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